Una historia dura, potente e impredeciblemente sanadora. Tres anuncios por un crimen refleja extraordinariamente cómo se siente el dolor a través del trabajo de su protagonista, la actriz Frances McDormand. Su actuación, que le otorgó una nominación a los Oscar, es simplemente memorable. Cada gesto, cada mirada, la crudeza en sus rasgos y lo calculado de sus movimientos la consagran en esta actuación. 

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Nuevamente aparece en escena la idea de la marginalidad y las diferencias ya bien marcadas por esta temporada de premios. Lo que no significa que se trate de un cliché. “Tres anuncios por un crimen” narra la vida de Mildred Hayes, una mujer que enfrenta la muerte de su hija, quien fue asesinada y violada de manera impune. Esta madre, encuentra una forma de gritar su ira cuando justo a las afueras de su ciudad encuentra unas vallas publicitarias sin usar. Ella decide poner tres carteles dirigidos al oficial de policía Bill Willoughby, interpretado por Woody Harrelson, para exigir justicia por la muerte de su hija.

Foto cortesía

La historia en sí misma ya carga el suficiente drama, sin embargo, es entregada magistralmente a través de una comedia negra que logra hacer que el público se ría en momentos de suprema tensión, sin dejar por un segundo el profundo e intenso sentimiento de dolor que abraza toda la historia.

Actuaciones para la historia

Los personajes parecen estar establecidos desde el primer cuarto de hora, sin embargo, va corriendo la película y sus carácteres se van transformando. Sus pasiones, deseos, temores y secretos más oscuros trascienden a tal punto que nada de lo que se puede pensar sobre ellos es tan simple. El giro es inesperado, pero placentero porque resulta muy bien logrado.

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Mildred, la protagonista, es un personaje con tanta amargura que podría fácilmente no ser agradable al público. Pero así, como quien no quiere la cosa, va dejando pequeños momentos de luz, que permiten entender que su drama va mucho más allá que la muerte su hija. Ella, ex esposa de un policía abusivo, ha atravesado un largo camino de desdicha hasta volverse un ser frío y casi sin sentimientos. A excepción de unos pequeños momentos, en donde su alma queda completamente descubierta ante un lente que no está dispuesto a perderse nada y el impacto es fuerte, tanto que deja a todos sin aliento.

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Es aquí donde aparece Bill Willoughby y su humanidad, la que también deja ver la de Mildred. El policía de los carteles, el hombre cruel de la historia, al que se le exige verdad y reparación, el que es acusado de negligencia, es embellecido en el momento en el que se expone su más grande debilidad. Él está a punto de morir a causa de un cáncer terminal y esta situación es lo que hará que los demás personajes empiecen a despojarse poco a poco de las capas que los recubren.  

Es el caso de Jason Dixon, interpretado por Sam Rockwell, quien es posiblemente el personaje que más evoluciona durante toda la historia. Dixon, comienza siendo el antagónico, aún con su personalidad “rosa”, estando en la delgada línea entre ser el malo o el bufón.  Pero es justo ahí cuando la difícil situación de Willoughby da evidencias de las razones que impulsan el comportamiento de Dixon. No lo justifica, no lo glorifica, sólo lo explica y con eso el panorama se expande y se le puede apreciar con más luz.

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En definitiva, las actuaciones de esta película son el asunto más destacado. Su historia al fin de cuentas no es ajena, las injusticias son el pan de cada día, pero lo que le da sentido a esto es ver cómo, en medio de una tierra árida y reseca, se puede llegar producir vida.

El resentimiento que produce violencia es en cierto modo entendible, pero esa capacidad humana de no perder la esperanza aún cuando todo alrededor es oscuro, es lo que hace que los seres humanos puedan ser dignos de entera admiración. Porque esta historia al fin de cuentas es de esas en las que la redención es el bálsamo que suaviza todas las penas.